Ejidos sin crédito, soberanía alimentaria en riesgo.
En el México profundo, donde aún florece la memoria de la tierra repartida tras la Revolución, los ejidos sobreviven. Pero hoy, más que un modelo de justicia social, son un ejemplo de abandono estructural. La falta de financiamiento está asfixiando a millones de ejidatarios, y con ellos, la posibilidad real de que México produzca sus propios alimentos. Resolver esta deuda histórica no es solo un acto de justicia, es una necesidad estratégica para alcanzar la soberanía alimentaria.
El olvido financiero del campo.
Los bancos no prestan a los ejidos. Las instituciones financieras, tanto públicas como privadas, consideran a los ejidatarios un riesgo: no tienen escrituras privadas que puedan usarse como garantía, sus ingresos son bajos y volátiles, y muchos carecen de historial crediticio. Así, mientras grandes agroindustrias acceden a subsidios, créditos y estímulos, el pequeño productor ejidal queda fuera del juego.
Sin acceso a financiamiento, no hay manera de invertir en fertilizantes, maquinaria, riego o semillas de calidad. La tierra produce menos, el trabajo rinde poco y el futuro se ve cada vez más lejos. Esta realidad empuja a miles de campesinos a abandonar sus tierras y migrar a las ciudades o al extranjero. El resultado: tierras fértiles sin cultivo, comunidades rurales vacías y una agricultura envejecida que ahuyenta a los jóvenes.
La trampa de la dependencia.
México importa cerca del 40% de los alimentos que consume. Esta cifra crece año con año. Mientras el ejido agoniza, los supermercados se llenan con maíz de Estados Unidos, arroz de Asia, trigo de Estados Unidos, Canadá y Rusia o carne de Brasil. Esta dependencia es una vulnerabilidad estructural: si hay una crisis global, si suben los precios internacionales o si se interrumpen las cadenas de suministro, millones de mexicanos quedarán en riesgo alimentario.
La soberanía alimentaria no es sólo producir alimentos, sino tener la capacidad política y económica de decidir cómo y para quién se produce. Hoy, esa capacidad está en manos de intereses externos y mercados volátiles. Para recuperarla, es indispensable rescatar al ejido.
Rescatar al ejido es rescatar al país.
No se trata de nostalgia por un modelo agrario del siglo XX. Se trata de reconocer que el 50% de las tierras agrícolas están en manos ejidales, y que allí está la clave para revertir la crisis alimentaria. Lo que hace falta no es caridad, sino crédito, inversión e infraestructura.
El gobierno debe impulsar un nuevo pacto con el campo. Crear un sistema financiero rural alternativo, capaz de ofrecer créditos a tasas justas y adaptados a las realidades de los ejidatarios. Esto incluye apoyos no solo para la producción, sino también para la transformación y comercialización de productos.
Además, se necesitan programas de asistencia técnica permanentes, que enseñen a producir más con menos impacto ambiental. Y una política pública que ponga al ejido en el centro del desarrollo rural, no en la periferia.
Cooperación y organización como salida.
Los ejidos no deben enfrentar esto solos. La organización en cooperativas puede permitirles acceder a mejores condiciones de mercado, compartir costos y acceder a financiamiento colectivo. La experiencia de países como Brasil, con sus cooperativas rurales de producción, muestra que el modelo es viable y competitivo.
El Estado puede y debe ser un facilitador, no un obstáculo. Los fondos públicos deben llegar donde más se necesitan, y con transparencia. No más clientelismo ni asistencialismo: inversión productiva con resultados medibles.
La soberanía tiene sus raíces en la tierra.
La soberanía alimentaria no se decreta, se construye. Y se construye desde abajo, desde la tierra trabajada por manos campesinas. Ignorar al ejido es ignorar la mitad del potencial agrícola del país. Financiarlo, apoyar con infraestructura de riego, semillas, capacitarlo para utilizar nuevas tecnologías acompañarlo y fortalecerlo es una decisión estratégica para el futuro de México.
Mientras no se garantice crédito y apoyo real a los ejidatarios, México seguirá dependiendo del exterior para alimentarse. Pero si se toma en serio y se decide solucionar este problema y se actúa con visión de largo plazo, el ejido puede volver a ser lo que alguna vez fue: la base de un país soberano, justo y autosuficiente.
Luis Eugenio Parés Sevilla.
